Hallábame yo en una de esas reuniones de gente joven a las que llaman botellones. Se trataba de un parque amplio y había varios grupos de personas, lo cual me dio pie a conocer gente. Y cuando digo gente digo chicas.
Pronto, una de ellas brilló sobre el resto y me busqué las mañas para entablar conversación. No me resultó difícil porque la chiquilla estaba receptiva debido a su hiperbólico grado etílico. Mi colega Heinrich opina que las mujeres en este estado deplorable dan asco. A mí me parece que es más fácil aprovecharse de ellas.
Y, aún así, me venció.
La cosa iba sobre ruedas... ¡Hasta me asusté de lo bien que iba! Al principio me daba pellizcos, luego pasó a darme mordisquitos. Luego mordiscazos. Aún me dura la marca de unos de ellos, de hecho.
Y, ahora, el trepidante clímax final:
La chica en cuestión me derramó un cubata en la camiseta de forma deliverada, a lo cual respondí con quejas de todo tipo. En ese momento se dio una conversación aproximada a la siguiente. Os ruego que os imaginéis dos caras acercándose progresivamente en cada frase, hasta quedar a unos dos centimetros:
Puta: Pues estás muy guapo con la mancha de cubata.
Yo: ¿Cómo voy a estar guapo?
Puta: Pues yo creo que sí, que así ligas seguro.
Yo: ¿Y con quién voy a ligar?
Puta: Pues conmigo, por ejemplo, porque me gustas así.
En ese instante, como cualquier hombre con sangre en las venas, decidí que era el momento de darle lo que estaba pidiendo a gritos. Entonces se apartó, me dijo "era broma" y se marchó a seguir bebiendo y, probablemente, a hacerle lo mismo a otro atractivo joven como yo.
Y así somos los hombres de inocentes. Y así son las muy putas de putas.